La pregunta parece sencilla, pero nos obliga a mirar mucho más allá de las obras que podemos ver. Es una pregunta que nos lleva a evaluar lo que estamos haciendo hoy, en este momento, con nuestros hijos, con nuestros vecinos, con la generación que está creciendo entre nosotros.
Porque una ciudad no se desarrolla tan solo con construir. También se desarrolla cuando forma.
Porque una ciudad puede tener calles nuevas y seguir siendo pobre si sus jóvenes no tienen dónde ir después de la escuela. Una comunidad puede tener edificios modernos y seguir siendo sin futuro si sus jóvenes crecen sin referentes, sin espacios, sin oportunidades para descubrir lo que son capaces de hacer.
La juventud que queremos formar
Nuestros jóvenes tienen energía, creatividad, talento y capacidad para aprender. Pero el talento necesita orientación, la creatividad necesita disciplina, la energía necesita dirección y el deseo de progresar necesita oportunidades reales.
Les decimos que deben esforzarse, estudiar y trabajar para salir adelante, y es verdad: el esfuerzo, la disciplina y la responsabilidad importan. Pero también debemos preguntarnos si estamos creando las condiciones para que ese esfuerzo pueda convertirse en resultados.
No todos parten del mismo lugar ni tienen acceso a las mismas experiencias, conocimientos o personas que puedan orientarles. Por eso, una comunidad que piensa en sus jóvenes debe abrir caminos.
La educación debe estar conectada con la vida. Aprender lejos de memorizar para aprobar significa desarrollar capacidades para resolver problemas, trabajar, emprender, crear, participar y servir. Aprendemos haciendo, practicando y enfrentando situaciones reales. Y también debemos recuperar la capacidad de concentrarnos y desarrollar habilidades de verdad, porque ninguna habilidad aparece de un día para otro: se construye con práctica, paciencia y esfuerzo.
Los jóvenes necesitan orientación, disciplina, alguien que les muestre que el esfuerzo vale la pena, que equivocarse no significa ser incapaz. Porque nadie nace sabiendo. Las habilidades se construyen, se entrenan, se conquistan con el tiempo.
El talento es importante, pero necesita disciplina y oportunidades para convertirse en capacidad.
Ahí es donde el deporte entra con una fuerza que muchos subestiman. No hablo del deporte como simple entretenimiento. Hablo del deporte como escuela de vida, como herramienta de formación, como espacio donde un muchacho aprende que para ganar hay que entrenar, que para mejorar hay que caerse y levantarse, que el equipo es más importante que el ego, que el respeto al contrario es tan valioso como la victoria misma.
Una cancha puede ser mucho más que cemento pintado: puede ser un lugar donde un joven encuentra disciplina cuando en su casa no hay quien la enseñe, donde aprende a manejar la frustración, donde descubre que la perseverancia abre puertas que la suerte no puede abrir. El deporte enseña responsabilidad, trabajo en equipo, liderazgo, respeto a las reglas, y que la derrota también forma parte del camino.
Por eso una cancha bien utilizada más que un lugar para jugar, es un espacio de prevención, donde un joven que podría estar en la calle encuentra un propósito, y una joven expuesta a peligros encuentra un equipo y una red de apoyo. Además de tener el espacio, es necesario contar con la visión, los programas, las personas y la organización que lo conviertan en una verdadera herramienta de desarrollo. Cuando un joven encuentra en su barrio un lugar para practicar deporte, recibir orientación y sentirse parte de algo, está menos expuesto a los peligros.
La seguridad más que reaccionar cuando ocurre un problema, consiste en crear condiciones para que muchos problemas no lleguen a ocurrir. Educación, deporte, oportunidades, iluminación, espacios públicos dignos, convivencia y organización comunitaria forman parte de esa prevención.
No podemos separar la seguridad del desarrollo. No podemos pedirle a un joven que se comporte bien si no le damos nada bueno que hacer.
Podemos recuperar espacios deportivos, crear programas productivos, identificar talentos, fortalecer las Juntas de Vecinos para que sean espacios de participación juvenil, y construir alianzas entre escuelas, comunidad, sector privado y autoridades.
Ahí comienza una verdadera transformación: cuando un espacio deja de ser visto como una infraestructura y empieza a producir oportunidades.
Así que volvamos a la pregunta: ¿Qué podemos hacer para mejorar el futuro de los jóvenes? ¿Una ciudad que les ofrece calles y edificios, pero no oportunidades, que los mira con desconfianza y no con esperanza, donde el talento se pierde porque no hay quien lo vea ni donde desarrollarlo? ¿O queremos una ciudad donde cada barrio tenga espacios dignos para el deporte y la cultura, donde cada joven encuentre orientación y ánimo, donde las canchas sean escuelas de disciplina y superación, donde la comunidad esté organizada y los jóvenes sean parte activa de esa organización?
Cuando una comunidad recupera una cancha y la convierte en un espacio de formación y encuentro, esa cancha deja de ser solamente cemento. Se convierte en un símbolo de lo que podemos construir juntos, en una herramienta de desarrollo, en la respuesta a la pregunta que nos hicimos al principio.
Queremos una ciudad donde estudiar tenga sentido, donde el talento encuentre oportunidades, donde el deporte forme personas, donde los espacios públicos ayuden a unir, donde la prevención comience antes del problema y donde las comunidades tengan voz y capacidad para participar en las soluciones.
Queremos una ciudad donde un joven pueda mirar su entorno y no preguntarse qué tiene que hacer para irse, sino también qué puede aprender, crear y aportar para ayudar a transformarlo.
Porque cuando una comunidad organiza sus espacios, fortalece el deporte, acompaña a sus jóvenes, abre oportunidades y une esfuerzos, una cancha se convierte en una escuela.
Y una comunidad que educa, organiza y abre oportunidades más que construir una ciudad: construye futuro.
Edward Rodríguez Líder Comunitario

