Santo Domingo. – Tenían 14, 17, 24, 30, 40 o más de 50 años. Algunas eran madres, otras adolescentes; unas habían conseguido alejarse de relaciones violentas y otras todavía convivían con sus agresores.
Sus historias eran diferentes, pero, al revisar los casos de mujeres asesinadas entre julio y septiembre, emerge una coincidencia: en la mayoría de las historias, el hombre señalado como responsable formaba parte de su entorno cercano.
22 asesinatos en tres meses
El recuento publicado por Diario Libre documenta 22 mujeres asesinadas durante esos tres meses. Las edades conocidas van de 14 a 54 años, una amplitud que evidencia que la violencia feminicida no se concentra en una etapa específica de la vida.
La víctima de menor edad fue Wilmaris Ramírez Sánchez, de 14 años, mientras que Mardalisa Lebrón Vicioso, de 54, fue la de mayor edad entre los casos en los que se hizo pública esta información.
Entre ambas aparecen adolescentes, mujeres jóvenes y adultas que tenían en común algo más significativo que su edad: en numerosos casos habían estado vinculadas sentimentalmente con los hombres que terminaron atacándolas.
Las 21 víctimas, cuya edad fue publicada, tenían entre 14 y 54 años, con una edad promedio cercana a los 31 años. La cifra, sin embargo, cuenta apenas una parte de la historia.
La violencia, por tanto, atravesó distintas generaciones.
Había una adolescente de 14 años. También una joven de 17. Mujeres de 20 y tantos años, varias en sus 30, otras en sus 40 y una de 54. La violencia, por tanto, atravesó distintas generaciones.
No se trataba de un grupo homogéneo de mujeres ni de un determinado perfil social. Entre las víctimas había trabajadoras, madres, estudiantes y mujeres que desarrollaban diferentes actividades para sostener a sus familias.
La expareja, un patrón recurrente
Uno de los elementos que más se repite en los casos es la relación entre las víctimas y los hombres señalados como responsables.
Giselle Jiménez fue asesinada por su expareja. María Salmo Pierre murió a manos de su pareja después de haber comunicado que estaba siendo amenazada. Maydarlin Yunerki Acosta Almánzar había sufrido maltrato durante su relación.
Darinee Espinosa Asencio llevaba meses separada de su expareja. Dahiana Paulino Santos había terminado una relación marcada por los malos tratos y había solicitado una orden de alejamiento poco antes de ser asesinada.
En agosto, los relatos vuelven a mostrar situaciones similares. Neliza Figueroa fue asesinada por su expareja, quien, según el reporte, pretendía obligarla a regresar a la relación. Alicia Antonio Pierre también había terminado su relación y denunciaba acoso y amenazas.
Y en septiembre aparecen nuevamente historias de mujeres que intentaban alejarse de hombres violentos.
El agresor, en muchos de estos casos, no era un desconocido. Era alguien que conocía a la víctima, sus rutinas, su vivienda, su trabajo y, en algunos casos, era el padre de sus hijos. La revisión de los casos permite identificar otro elemento que se repite: varias de las mujeres habían intentado terminar la relación o alejarse del agresor.
Aurelina Valdez llevaba unas dos semanas separada cuando fue atacada por su expareja.
Ramonita Aquino Aquino se encontraba en proceso de divorcio y todavía compartía vivienda con su esposo.
Alicia Antonio Pierre estaba separada, pero continuaba viviendo bajo el mismo techo que su expareja.
Yanely Yohanna Soto había expresado su intención de separarse debido a los malos tratos.
Loyca Alvarado Adames también había intentado conseguir protección frente a su expareja.
Amenazas y órdenes de alejamiento
En otros casos, la violencia ya había sido denunciada antes de que ocurriera el crimen.
Las historias muestran así una constante: para algunas mujeres, abandonar una relación no significó que el peligro desapareciera.
En los relatos aparecen señales que antecedieron a varios de los homicidios: celos, amenazas, golpes, acoso, control y episodios de violencia física.
María Salmo Pierre había advertido a su madre que estaba siendo amenazada.
Dahiana Paulino había acudido a solicitar una orden de alejamiento.
Nicauris de los Santos había conseguido una orden de alejamiento y, de acuerdo con el relato publicado, continuaba recibiendo amenazas.
Deysi Villa García también había sido víctima de agresiones, y su madre había intentado conseguir protección para ella.
Esos antecedentes convierten varios de los casos en algo más que hechos ocurridos de manera repentina: eran situaciones de violencia que, en algunos casos, habían comenzado mucho antes del asesinato.
Las formas utilizadas para acabar con la vida de estas mujeres fueron distintas.
Hubo asesinatos con armas de fuego, cuchillos, machetes y objetos contundentes, además de casos de estrangulamiento y asfixia.
Wilmaris Ramírez murió de un disparo en la cabeza.
Mardalisa Lebrón fue asesinada a puñaladas.
Nicauris de los Santos fue atacada con un machete.
Maydarlin Acosta murió por asfixia y golpes en la cabeza.
Y Saily Fragoso Lizardo, de 17 años, fue víctima de una agresión sexual y posteriormente recibió múltiples heridas con un destornillador, según el recuento.
En algunos casos, además, la violencia fue descrita como particularmente extrema, con golpes, múltiples heridas o signos de tortura.
Hijos expuestos a la violencia
La violencia tampoco terminó con la muerte de las mujeres.
Varias eran madres y dejaron hijos.
María Salmo Pierre tenía tres hijos. Maydarlin Acosta también era madre de tres. Dahiana Paulino tenía tres hijos y Nicauris de los Santos tenía cuatro.
En algunos casos, los hijos presenciaron los ataques o quedaron expuestos directamente a la escena del crimen.

