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San Juan de la Maguana
domingo, 19 de septiembre del 2021

El Velorio Rural Dominicano

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EL TRABAJO llena los bolsillos, pero las aventuras llenan el alma. Son estas experiencias las que al pasar los años nos da la seguridad de que tomamos la mejor decisión. Me resulta interesante en lo personal ver otras culturas. Me fascina el lograr entender el porqué de las diversas costumbres que se llevan a cabo en las comunidades aisladas.
Recuerdo mi primer velorio dominicano. Les cuento que fue toda una experiencia. Siempre he estado familiarizado con el modus operandi de estas exequias; ya que gran parte de mi niñez la pasé con mis abuelos. Estos tenían más de 10 hermanos cada uno, así que, casi semanal moría algún: hermano, tío, primo, vecino, amigo, enemigo, etc. A corta edad yo era todo un catador profesional de chocolate caliente y pan sobao’, y un excelente corredor de bienes raíces fúnebres. Sin embargo, no me bastó esa experiencia adquirida para lo que estaba a punto de ver.

La caravana fúnebre
La caravana fúnebre

Fue en mi primer viaje al país. Cierto día, Clary Pérez, quién servía en la congregación local de lenguage de señas me invitó a un estudio sordo que tenía. Al terminar, me dice, que iríamos a un velorio de la madre de alguien que conocía. Al llegar a la funeraria, todo se veía bastante tranquilo, pero en ese preciso momento deciden llevarse al muerto. Todo era confuso, sólo recuerdo que las mujeres decían “guay, guay, guay”  y se desmayaban. Yo entendía que se preguntaban “why?” en inglés; así que deduje que la familia de la fenecida era gringa. Al salir de la funeraria colocaron el féretro en el carro fúnebre. Mientras se dirigía a paso de tortuga al sepelio le seguía pie toda la multitud, precedida de la patrulla motorizada que se encargaba de recojer a las mujeres que se “ponían malas” en el camino. Grande fue la impresión que causó semejante escena en mi joven mente. Sin embargo, no sería la única vez que presenciaría un acontecimiento como éste.

El alcoholado o "berrón" con las hojas de guanábana.
El alcoholado o “berrón” con las hojas de guanábana.

No me bastó lo que vi en esa ocasión, para no regresar a semejantes exequias. Dos años después ya mudado al país muere el abuelo de alguien conocido. Asistí para “cumplir” como deber cultural. Al llegar, veo un ambiente más calmado y sosegado. Me senté en una posición estratégica para observar todo lo que ocurría. Al rato, llega una de las hijas del muerto. Muy serena y tranquila se encontraba, pasivamente y sentada conversaba. De pronto, llega un familiar que la abraza por la espalda. Creo que fue el botón de pánico que le presionó, porque le comenzó una descontrolada aflicción. Tanta fue su congoja que mientras aún estaba sentada un desmayo le sucedió. Yo, con mi experiencia medica aficionada voy a examinar si se trataba de un desmayo o si el muerto se duplicó. Al palparle la yugular siento un debil pero presente latido. Confirmando mis sospechas de que se trataba de un simple desmayo, ordeno a que tranquilamente se le levanten las piernas. De esta manera ayudaba a aumentar su presión sanguínea. Todo transcurria en orden y calma, hasta que llegó la noticia a los oidos de la madrina. “La doña se puso mala” le decían. A mala hora se enteró. De repente, despavorida salió la madrina de la casa, con alcoholado y hojas de guanábana en mano. Yo aún le sugetaba la mano a la desmayada y trataba de que le dieran espacio para que el aliento le recobrara. En vano resultaron mis esfuerzos. Pasándole alcoholado por la frente y hojas de guanábana por los pies la madrina decía: “¡Te ordeno que salgas de ella! ¡Que dejes salir esa tristeza!”. La doña balbuceaba hasta que dejó salir un grito estruendoso y comenzó a retorcerse. Lo triste de la situación no era el caos del todo, era que mi pobre mano la tenia agarrada aún la doña. Solo les digo que por poco pierdo la mano retorcida. En un punto no se sabia quien gritaba más, la doña en su asunto o yo en mi dolor. Almenos nadie resultó herido. Solo terminé yo con un buen susto y mi ego médico averiado.

Cruzando la empalizada de alambre de puas.
Cruzando la empalizada de alambre de puas.

Pasando unos meses y ya estando mis padres en el pais fué que entendí el asunto mejor. Cierto día, predicábamos en campaña por una comunidad rural de San Juan llamada El Ciruelito. Cómo de costumbre, llegamos en motocicletas adentrándonos en el campo. Al llegar resulta que en una de las casas estaban esperando a que llegara un muerto que traían del pueblo con el objetivo de velarlo. Cuando llegó el muerto -quién era una bisabuela de la dueña de la casa-, comenzó el velorio con los gritos de todas las mujeres. No importaba si era familia o del vecindario todas llegaron a llorar al muerto por igual. Esto se debe a que según la costumbre local quien no llora al muerto no lo quería. Esto desencadena un curioso escenario. Cada vez que llegaba a una: tía, prima, hermana, sobrina, amiga, enemiga, vecina, conocida, etc. comenzaba otra vez la gritería. Como si al hacerlo acompañaban al nuevo integrante del velorio en su dolor. Era curioso como desde que llegaban y se bajaban de la camioneta dónde usualmente venían, se “etericaban” (poner todo el cuerpo tieso), asi que los hombres tenian que ayudarlas casi cargándolas hasta entrar al lugar. Así están por 9 días y se repite la gritería cada vez que llega algún pariente de la capital o de donde sea. Al menos al muerto lo entierran máximo al segundo día. Luego se pasan los próximos 6 días jugando dominó bajo la lona de saco que ponen frente a la casa para guardar el alma durante los nueve días que resan y así le aseguran “la entrada al cielo”. Extraña costumbre, ¿no es verdad? Ese día aquel campo se encontraba desolado. Todo el mundo estaba en el velorio. Parece que el “Chenchén con chivo” estaba bueno o por agotarse, ya que ni un alma rondaba los predios. Recuerdo que, para poder dejarles la invitacion que le llevábamos tuve que pasar por debajo de la empalizada de alambres de puas en algunas casas para llegar a la puerta y dejar la invitacion en un lugar seguro.
En fin, de las experiencias aprendí varias cosas. Primero, aprendí a visitar un velorio luego del noveno día. Segundo, a nunca preguntar quién era el muerto a alguien que ya está tranquilo. Esto ocasionará un efecto dominó de gritos imparables. Tercero, aprendí que cuando gritan “guay” no están reclamando “why? (¿porqué?)” en inglés. Simplemente es una expresión de dolor o asombro. Cuarto, aprendí a dejar que las cosas fluyan y a no creerme médico cuando la madrina está presente con el alcoholado y las hojas de guanábanas. Y quinto mi madre aprendió a  no pasar con la guagua por debajo de una lona fúnebre a menos que quieras llevartela enredada en la capota y profanar las exequias.
Pero algo sí aprendí de estas experiencias. La empatía dominicana es inigualable. En estas comunidades rurales uno ve cómo toda una comunidad se une en apoyo a la familia del difunto. Se ve cómo el dolor ajeno se convierte en el propio. Y se ve cómo la compasión los impulsa a no escatimar en gastos para que los dolientes sobrelleven su pena. Una cultura admirable cuando de relaciones humanas se trata. Habiendose dicho todo esto, llegué a una conclusión: el dia que me muera quiero un Velorio Rural Dominicano “¡Guay, guay, guay mi mai’!”.
Fuente; Crónicas de un Needgreater

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